Un acto de fuerza, no de sumisión
A lo largo de los años, he escuchado muchas historias. Algunas suaves como canciones de cuna, otras tan densas que parecían nudos imposibles de desatar. Y casi siempre, en algún punto de esas historias, aparecen los padres. No los padres idealizados de los cuentos de hadas, sino los reales: los que bebían más de la cuenta, los que no estaban nunca, los que gritaban, los que no sabían amar. O, más sutilmente, los que vivían en su mundo, incapaces de ver el alma que estaba creciendo frente a ellos.
¿Cómo aceptar a alguien que nos causó dolor? ¿Cómo abrir el corazón a una madre ausente, a un padre que nunca escuchó? ¿Y por qué, además, nos dicen que debemos “tomarlos” como son?
Porque sí, nos lo dicen. Las Constelaciones Familiares nos hablan de «tomar a los padres», de honrarlos como fuente de vida. Y a veces, esto suena como una ofensa para quienes han sobrevivido a infancias difíciles. Pero, tal vez, no hemos comprendido bien de qué se trata.
Tomar no es justificar, ni mucho menos idealizar
Tomar es reconocer que vinimos a través de ellos. Que, más allá de sus sombras, hay un regalo incalculable: la vida. Una sola célula de ellos —uno con su fuerza masculina, otra con su caudal femenino— bastó para abrir la puerta a nuestra existencia. Y eso ya es grande.
En Constelaciones decimos que la energía de la vida viene por los padres, y cuando no la aceptamos, cuando seguimos juzgando, rechazando o ignorando lo que representan, algo se desconecta. Nos falta fuerza, abundancia, dirección, capacidad para amar o para crear. Nos sentimos “vacíos” o como si siempre nos faltara algo. Porque lo que falta es el permiso de tomar de raíz, de tomar desde el origen.
¿Qué pasa cuando rechazamos a los padres?
Cuando un hijo juzga, critica o se siente superior a sus padres —aunque con razones válidas desde el dolor—, se coloca simbólicamente “por encima”. Y allí no hay crecimiento. Un árbol no puede florecer si niega sus raíces. Lo que no se acepta se arrastra, y muchas veces se repite. Personas que rechazan a sus padres terminan atrayendo parejas parecidas a ellos. O tienen hijos que se distancian como ellos lo hicieron. Porque el sistema busca siempre el equilibrio.
No se trata de amor emocional, sino de respeto profundo
Aceptar a los padres no quiere decir quererlos, ni siquiera tener relación con ellos si ha sido dañina. A veces la mejor forma de amar es tomar distancia. Pero interiormente, algo tiene que alinearse: ese gesto interno de decir “sí, tú eres mi madre”, “sí, tú eres mi padre”. Nada más. Nada menos.
Y esto no es un acto de debilidad. Al contrario: es un acto de fuerza, de madurez. De dignidad. Porque deja de hacerte rehén del pasado y te permite tomar lo que sí funcionó: la vida.
¿Qué aportan la madre y el padre, energéticamente?
La madre representa el origen, la pertenencia, el cuerpo, el estar en la tierra. A través de ella tomamos la nutrición básica, la capacidad de recibir, la confianza.
El padre representa el movimiento hacia afuera, la acción, el impulso de ir al mundo, de tomar decisiones, de ocupar un lugar.
Cuando negamos a mamá, solemos tener conflictos con el cuerpo, con el dinero, con el merecimiento.
Cuando negamos a papá, nos cuesta sostenernos, emprender, decidir, o encontrar propósito.
Pero… ¿y si los padres fueron dañinos?
No se trata de negar los hechos. Si hubo abuso, abandono o maltrato, eso debe reconocerse. Pero tomar a los padres no es un acto moral, es un acto sistémico. Es decir: verlos no como las personas “buenas o malas”, sino como los canales a través de los cuales la vida vino. Tal vez no supieron hacerlo mejor, tal vez repitieron lo que a ellos mismos les hicieron. Muchos padres que hoy llamamos narcisistas o ausentes fueron niños heridos, solos, exigidos.
En los rituales ancestrales, especialmente en tribus africanas como los zulúes —donde Bert Hellinger se inspiró profundamente—, los ancestros ocupan un lugar sagrado. No se les juzga. Se les honra como parte de un tejido mayor. Y ese respeto no se negocia. Gracias a eso, la persona puede mirar hacia adelante con los pies firmes en el pasado, sin cargar con lo que no le corresponde.
¿Cómo tomar a los padres?
Puede hacerse con un gesto interior. O con una constelación. O incluso con un acto simbólico, como colocar una foto y decir en voz baja: “Gracias por darme la vida. La tomo con todo lo que fue y todo lo que no fue. Ustedes son los grandes, yo soy la pequeña.”
Sí, incluso si duele. Especialmente si duele. Porque detrás de ese dolor hay fuerza contenida.
Volver a ti, con raíces sanas
Este gesto no solo transforma tu energía, sino la de las generaciones futuras. Hijos que no comprenden por qué están en conflicto con mamá, con papá, contigo… quizás estén repitiendo tu propio conflicto no resuelto con tus padres.
Tomarlos no es para ellos. Es para ti. Para vivir más libre. Más ligero. Más completo.
Y desde ahí, amar sin cadenas, crear sin miedo, dar sin agotarte.
Tomar a los padres es volver a casa dentro de uno mismo.
No es resignación, es reconciliación. Y en esa reconciliación, empieza otra vida.
Charo Essers

